sábado, 4 de octubre de 2008

PIEZA DEL MES DE OCTUBRE

Caja relicario

Madera lacada y vidrio

22 x 29 x 34 cm

Arte Namban

Japón, periodo Momoyama

1573-1615

Monasterio de Santa María del Valle, Zafra

 

El convento de Santa Clara guarda sorpresas patrimoniales. Una muestra es esta caja relicario fabricada, en el siglo XVII, con cuatro fragmentos de un biombo japonés, cuyo suntuoso aspecto se consideró adecuado para cobijar los restos de los santos Bartolomé, Vicente, Fabricio, Blas, Rufo, Leonardo y Zenón, mártires de los primeros siglos del cristianismo.

A finales del siglo XVI comenzaron a estimarse los objetos suntuarios procedentes de Oriente. Un gusto ligado a la presencia de occidentales que comerciaron, primero, con China y, tras el descubrimiento de Filipinas, con Japón. Desde entonces, llegaba al puerto novohispano de Acapulco el llamado Galeón de Manila cargado de todo tipo de mercadurías de aquellas tierras; de entre las que los lacados, dada su durabilidad, exotismo y brillo negro y dorado, eran de las más cotizadas, luego, en España.

La laca, aunque es un barniz de origen chino, fue asimilada por la estética japonesa, que llevó su producción a la cima. Consiste en aplicar numerosas capas, sobre las que se puede dar color, dorar o incrustar piezas de nácar o marfil, para terminar con una capa de laca transparente y pulida que aporta su característico aspecto lustroso.

En la pieza, que exponemos, la técnica seguida es el maki−e, es decir, sobre una base de laca negra lleva pintada una ornamentación naturalista estilizada en tonos dorados, grises y rojos. Entre los rameados florales, que llenan los paneles, pueden verse un abanico, aves volando o posadas, y un feng-huang, el ave fénix oriental.

El término Namban, que significa extranjero del sur y se aplicaba en Japón a portugueses y españoles, sirve también para catalogar este tipo de objetos destinados a la exportación que son el resultado de la fusión de dos culturas lejanas.

Juan Carlos Rubio Masa

martes, 9 de septiembre de 2008

PIEZA DEL MES DE SEPTIEMBRE

Santo Cristo del Pozo

Madera dorada y policromada

84 x 70 x 24 cm

Siglo XVII

Capilla del Pozo, Zafra

 

Si la memoria de la vecindad de la Calle Pozo guarda como una leyenda el origen de su venerado Cristo, los libros parroquiales conservan la anotación de su invención y colocación en la humilde capilla que lo acoge.

El 24 de septiembre de 1787, un hombre yendo a sacar agua del pozo, que da nombre a la calle, vio flotando la imagen de un Crucificado. Congregado el vecindario y avisada la clerecía, fue extraída con una escarpia que, aún, cuelga como testigo junto a la imagen. Informado el obispo de Badajoz resolvió que se expusiese a la devoción en la iglesia o en las inmediaciones del pozo. Por lo que, en 1792 y a costa de los vecinos, “se dispuso una decente capillita”, donde “permanece con luz toda la noche”.

Embutida en una de las casas de la calle, la capilla es tan modesta que apenas supera el metro cuadrado en planta. Cubierta con una bóveda de arista, tiene en su frente el altar con el retablo y, a la izquierda, un nicho en el que se colocaba la lámpara que lo iluminaba.

Si el crucificado es una talla policromada de regusto manierista, fechable a comienzos del siglo XVII, y destinada a la devoción doméstica; el retablo seguramente es reaprovechado y obra del último tercio del siglo. Lleva, en el comedio, para alojar la imagen una hornacina cruciforme, que se enmarca con pilastrillas con cartelas y remata en un frontón curvo y volutas laterales con cogollos de frutas. Es obra vinculada a la escuela de Blas de Escobar, quizá se deba a su discípulo Alonso Rodríguez Lucas.

El Cristo recibía ofrendas de aceite o velas y, aunque nunca salió en procesión, se llegaron a celebrar veladas en su honor.

Juan Carlos Rubio Masa

sábado, 2 de agosto de 2008

PIEZA DEL MES DE AGOSTO


Mancerina
Plata moldeada, repujada y fundida
6 x 19,8 x 8 cm
Blas Amat
Taller sevillano. Entre 1730 y 1740
Monasterio de Santa María del Valle, Zafra

Marcas: de los artífices (AMATe) y (ROMERO), la Giralda de Sevilla y del marcador Juan Caballero (CAVALLo).

El gusto por el chocolate en las Españas del Antiguo Régimen trajo consigo la invención de piezas de platería o cerámica para su consumo.

Una de las más curiosas es la pieza que presentamos, que debe su nombre a un Virrey del Perú del siglo XVII, el Marqués de Mancera: «por lo que se dixo Mancerina, y después con mayor suavidad Macerina» nos aclara el Diccionario de Autoridades de 1734, que la describe como una «especie de plato o salvilla, con un hueco en medio, donde se encaxa la xicara, para servir el chocolate con seguridad de que no se vierta».

Aunque abundaron las mancerinas de loza, las más refinadas se fabricaron en plata. La que nos ocupa fue realizada por Blas Amat, un reputado platero sevillano cuya producción, que se encuadra entre 1729 y 1780, evidencia un gusto rococó que no se advierte en esta pieza. Se ayudó de otro platero, quizá Clemente o Juan Silvestre Romero, que debía trabajar de oficial en su taller.

La mancerina consta de un plato redondo, decorado con gallones y escotadura de ovas, y un trípode de recuerdo abalaustrado que sujeta el anillo en el que se insertaba el pocillo o jícara. Aunque su uso como tal en el convento no está documentado, pudo pertenecer a alguna religiosa. Sea o no, en el siglo XVIII, la comunidad de monjas adquiría regularmente cacao de Caracas para consumo como bebida o cobertura de dulcería.

Mas olvidada su primitiva función y perdido el pocillo de loza, servía como purificador junto al Sagrario, acogiendo, ahora, un vaso, de plata moldeada con labores mecánicas, realizado en un taller de Córdoba en 1816.

Juan Carlos Rubio Masa