LATENS DEITAS
El Corpus Christi en Zafra
EXPOSICIÓN TEMPORAL
Del 4 de junio al 16 de agosto de 2026
Las palabras Latens Deitas, traducidas habitualmente como Dios escondido, pertenecen a la primera estrofa de un himno eucarístico, atribuido a santo Tomás de Aquino, para la solemnidad del Corpus Christi.
Pero, en la Eucaristía descubrimos que escondido no es oculto, como algo fuera de mí, que está ahí y no puede encontrarse, sino que, en este misterio, descubrimos al Dios que se manifiesta más allá de los sentidos, al Dios que espera ser encontrado o, mejor, que sale a nuestro encuentro.
Quizá los místicos han sabido expresarlo mejor de lo que nosotros podamos hacer. San Juan de la Cruz dirá: ¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?
Como escondido y cercano, oculto y revelado lo describe santa Teresa de Jesús al decirnos: No está lejos el Señor de nosotros, sino tan cerca que está dentro.
En esta exposición, las palabras y las piezas seleccionadas proponen un recorrido: desde el hambre, una necesidad profundamente humana, nos adentramos en el núcleo del misterio eucarístico, para concluir advirtiendo que la Eucaristía no es únicamente la contemplación del misterio…
TENEMOS HAMBRE
Dios prepara una mesa
El hambre es una necesidad intensamente humana. La Escritura presenta reiteradamente a Dios como quien alimenta y sostiene a su pueblo: El Señor dijo a Moisés: Yo os haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día (Ex 16 4).
Todos tenemos hambre de amor, sentido, perdón, esperanza. Dios responde preparando alimento. Las piezas evocan la dimensión doméstica y comunitaria de la Eucaristía: una mesa preparada para todos, donde lo cotidiano se convierte en lugar de encuentro con lo divino.
San Juan Crisóstomo, uno de los Santos Padres de la Iglesia, en una de sus homilías sobre el evangelio de san Mateo, se pregunta: ¿De qué serviría adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre? Y nos reconviene: Empieza por saciar al hambriento, y luego, con lo que sobre, adornarás el altar (Homilia 50 3-4).
TOMÓ EL PAN
La mesa de la Cena
La Eucaristía es memoria viva de Jesús que se entrega.
Tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: —Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.
Igualmente tomó la copa después de cenar y dijo: —Ésta es la copa de la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros. (Lc 22 14-20).
Nos adentramos en el misterio eucarístico: la entrega de Cristo. Los objetos litúrgicos nos ayudan a ver la dimensión sacramental de la realidad. La Eucaristía aparece como memoria viva: pan partido y vino derramado que hacen presente una alianza fundada en la entrega.
San Agustín exhorta a los fieles que se acercan a la Eucaristía: Sed lo que veis y recibid lo que sois: el Cuerpo de Cristo (Sermón 272).
Y el Papa Francisco, en su homilía de la solemnidad de Corpus Christi del 4 de junio de 2015, nos recuerda que: La Eucaristía no es un premio para los buenos, sino la fuerza para los débiles, para los pecadores. Es el perdón, es el viático que nos da la fuerza para caminar […] y nos compromete con los pobres.
AMÓ HASTA EL EXTREMO
La vida eucarística es entrega
La Eucaristía no es un objeto para mirar; enseña un modo de vivir: partirse por los demás. Quien come este pan aprende a darse. No es tampoco ni únicamente contemplación del misterio: es aprendizaje de una forma de vivir.
La Eucaristía desborda el espacio del templo y se prolonga en la atención a los enfermos, en la vivencia de amor fraterno y en la solidaridad concreta. El pan de la Eucaristía interpela la vida entera.
Pues bien, si yo, vuestro Maestro y Señor, os he lavado los pies, lo mismo debéis hacer vosotros unos con otros (Jn 13 14).
La divinidad escondida no se revela solo en el resplandor de los metales preciosos ni en la solemnidad de las custodias. Permanece en las manos que sirven, en el pan compartido y en la memoria humilde de quienes hicieron de la mesa común un lugar de comunión.
El misterio eucarístico no pertenece exclusivamente al ámbito de lo litúrgico y sagrado, sino que se encarna continuamente en los gestos humanos de cuidado, alimento y entrega. Porque toda Eucaristía verdadera termina siempre fuera del altar.
Díptico de la exposición:




