viernes, 4 de septiembre de 2009

PIEZA DEL MES DE AGOSTO

Azulejo de censo Loza pintada y vidriada 13,5 x 13,5 cm Taller de Talavera de la Reina. Serie Azul Mediados del siglo XVIII Monasterio de Santa María del Valle, Zafra Inscripción: «15 / S[an]TA CLA[r]A DE ZAFRA» Los conventos, como otras instituciones religiosas del Antiguo Régimen, para señalar sus inmuebles colocaban junto a la puerta un azulejo que indicaba la titularidad y el número de registro en el Libro Becerro o de Hacienda. Esta pieza, fabricada en un taller talaverano de mediados del Setecientos, muestra sobre fondo blanco estannífero todo un conjunto ideológico en varios tonos de azul cobalto. El centro lo ocupa un escudo, ornado con roleos vegetales y corona real abierta, que trae dos de los símbolos más usuales del franciscanismo: los brazos cruzados con una cruz en medio y las cinco llagas. Se acompaña del número 15 y del apelativo popular del monasterio para marcar autoridad. A poco de morir san Francisco comenzó a difundirse entre sus seguidores la idea de la conformidad de su vida con la de Cristo. Dos años antes, en 1224, el santo había tenido una visión en la que de las cinco llagas del Crucificado, con apariencia de serafín alado, partían rayos de luz que estigmatizaron su cuerpo. Un suceso que marcará la imaginería franciscana y la emblemática de los Hermanos menores. Pero la empatía simbólica de Francisco con Cristo donde mejor se manifiesta es en la alegoría de los brazos cruzados y alzados ante la cruz. Algunos ejemplares llegan a mostrar, incluso, las manos clavadas en el travesaño, como si de dos crucificados se tratase. Algunas veces, la cruz tiene forma de Tau, última letra del abecedario griego, que fue adoptada por el santo como imagen de su vocación: la humildad y la pobreza que animaban su renovada espiritualidad.
Juan Carlos Rubio Masa

miércoles, 1 de julio de 2009

PIEZA DEL MES DE JULIO

Cáliz de san Juan Evangelista Plata y plata dorada. Cincelada, burilada y fundida 26,5 x 13,5 x 8 cm Carece de marcas Taller zafrense. Mediados del siglo XVI Monasterio de Santa María del Valle, Zafra Los talleres de platería zafrenses tienen una larga historia, aunque su auge lo alcanzan en los siglos XVI y XVII. Entonces, unas decenas de plateros se esforzaban para satisfacer la demanda de objetos litúrgicos y suntuarios de su clientela bajoextremeña. Uno de ellos fabricó este cáliz a mediados del Quinientos, para servicio litúrgico del altar; pero, readaptado, nos ha llegado como atributo de la imagen del Evangelista de la iglesia conventual. La pieza muestra pie circular decorado con lóbulos radiales, que acogen tallos vegetales y un calvario vacío; astil hexagonal con nudo ornado con gallones alternantes en tamaño y técnica; y copa acampanada aupada en seis costillas radiales. La posición poco habitual del nudo evidencia su uso postrero. La representación del apóstol Juan bendiciendo un cáliz es una herencia de La Leyenda Dorada, una compilación de hagiografías, escrita a mediados del siglo XIII. En uno de sus pasajes se narra que, predicando en Éfeso, un sacerdote pagano le ofreció una copa con veneno para probar el poder de la nueva religión. El Evangelista la tomó, y tras hacer sobre ella la señal de la cruz, bebió sin sufrir daño alguno. Por eso, en algunas imágenes puede verse salir de ella un dragoncillo, que evoca la volatilización del veneno. Como otra leyenda cuenta que se le había intentado envenenar con un cáliz eucarístico, a veces, encima del mismo vemos una hostia.
Juan Carlos Rubio Masa

lunes, 1 de junio de 2009

PIEZA DEL MES DE JUNIO

San Antonio de Padua Talla policromada 61 x 30 x 26 cm Escuela Sevillana Siglo XVII Monasterio de Santa María del Valle, Zafra
El Santo, nacido en Lisboa en 1195 y bautizado con el nombre de Fernando de Bulloes, trocó su nombre por el de Antonio al abrazar el franciscanismo en 1220; si bien, el sobrenombre se lo da la ciudad italiana de Padua que le vio expirar en 1231 y custodia sus restos. Es quizá el santo franciscano más popular, el que «convierte a la vida muertas almas» escribía el poeta Cristóbal de Mesa. Canonizado al año de su muerte, desde antiguo se le invoca en el salvamento de náufragos o por la liberación de presos. Más reciente es su fama de casamentero y de recuperador de objetos perdidos; desde el siglo XIX es patrono de los pobres, por lo que las limosnas que recibía en su cepillo se aplicaban a la obra pía llamada “Pan de San Antonio”. La imagen, de escuela sevillana, es una talla delicada, de pequeño formato, que muestra una espléndida policromía, en la que destaca el estofado grabado y esgrafiado del hábito. Se le representa imberbe, con el sayal franciscano y la tonsura clerical. Si su mano izquierda sostiene un libro, sobre el que se apoya el Niño Jesús; la derecha, debería portar una vara de azucenas: atributos que vienen a recordarnos que es considerado Doctor de la Iglesia, la milagrosa aparición del Niño Dios al Santo en su celda y la pureza que mantuvo siempre «pues del mundo triunfáis, carne y demonio». La imagen del Niño, desproporcionada para la del Santo, no le corresponde y es pieza más tardía. Ignoramos el porqué, en vez de las acostumbradas flores, las clarisas de Zafra le hacen sostener un cáliz de plata con la hostia.
Juan Carlos Rubio Masa