martes, 9 de septiembre de 2008

PIEZA DEL MES DE SEPTIEMBRE

Santo Cristo del Pozo

Madera dorada y policromada

84 x 70 x 24 cm

Siglo XVII

Capilla del Pozo, Zafra

 

Si la memoria de la vecindad de la Calle Pozo guarda como una leyenda el origen de su venerado Cristo, los libros parroquiales conservan la anotación de su invención y colocación en la humilde capilla que lo acoge.

El 24 de septiembre de 1787, un hombre yendo a sacar agua del pozo, que da nombre a la calle, vio flotando la imagen de un Crucificado. Congregado el vecindario y avisada la clerecía, fue extraída con una escarpia que, aún, cuelga como testigo junto a la imagen. Informado el obispo de Badajoz resolvió que se expusiese a la devoción en la iglesia o en las inmediaciones del pozo. Por lo que, en 1792 y a costa de los vecinos, “se dispuso una decente capillita”, donde “permanece con luz toda la noche”.

Embutida en una de las casas de la calle, la capilla es tan modesta que apenas supera el metro cuadrado en planta. Cubierta con una bóveda de arista, tiene en su frente el altar con el retablo y, a la izquierda, un nicho en el que se colocaba la lámpara que lo iluminaba.

Si el crucificado es una talla policromada de regusto manierista, fechable a comienzos del siglo XVII, y destinada a la devoción doméstica; el retablo seguramente es reaprovechado y obra del último tercio del siglo. Lleva, en el comedio, para alojar la imagen una hornacina cruciforme, que se enmarca con pilastrillas con cartelas y remata en un frontón curvo y volutas laterales con cogollos de frutas. Es obra vinculada a la escuela de Blas de Escobar, quizá se deba a su discípulo Alonso Rodríguez Lucas.

El Cristo recibía ofrendas de aceite o velas y, aunque nunca salió en procesión, se llegaron a celebrar veladas en su honor.

Juan Carlos Rubio Masa

sábado, 2 de agosto de 2008

PIEZA DEL MES DE AGOSTO


Mancerina
Plata moldeada, repujada y fundida
6 x 19,8 x 8 cm
Blas Amat
Taller sevillano. Entre 1730 y 1740
Monasterio de Santa María del Valle, Zafra

Marcas: de los artífices (AMATe) y (ROMERO), la Giralda de Sevilla y del marcador Juan Caballero (CAVALLo).

El gusto por el chocolate en las Españas del Antiguo Régimen trajo consigo la invención de piezas de platería o cerámica para su consumo.

Una de las más curiosas es la pieza que presentamos, que debe su nombre a un Virrey del Perú del siglo XVII, el Marqués de Mancera: «por lo que se dixo Mancerina, y después con mayor suavidad Macerina» nos aclara el Diccionario de Autoridades de 1734, que la describe como una «especie de plato o salvilla, con un hueco en medio, donde se encaxa la xicara, para servir el chocolate con seguridad de que no se vierta».

Aunque abundaron las mancerinas de loza, las más refinadas se fabricaron en plata. La que nos ocupa fue realizada por Blas Amat, un reputado platero sevillano cuya producción, que se encuadra entre 1729 y 1780, evidencia un gusto rococó que no se advierte en esta pieza. Se ayudó de otro platero, quizá Clemente o Juan Silvestre Romero, que debía trabajar de oficial en su taller.

La mancerina consta de un plato redondo, decorado con gallones y escotadura de ovas, y un trípode de recuerdo abalaustrado que sujeta el anillo en el que se insertaba el pocillo o jícara. Aunque su uso como tal en el convento no está documentado, pudo pertenecer a alguna religiosa. Sea o no, en el siglo XVIII, la comunidad de monjas adquiría regularmente cacao de Caracas para consumo como bebida o cobertura de dulcería.

Mas olvidada su primitiva función y perdido el pocillo de loza, servía como purificador junto al Sagrario, acogiendo, ahora, un vaso, de plata moldeada con labores mecánicas, realizado en un taller de Córdoba en 1816.

Juan Carlos Rubio Masa

jueves, 3 de julio de 2008

PIEZA DEL MES DE JULIO










Historia de la muerte y glorioso martyrio del Sancto Inocente, que llaman de la Guardia
Papel y encuadernación en pergamino
20,3 x 15,5 x 3 cm.
Fray Rodrigo de Yepes
Impreso por Juan Íñiguez de Lequerica. Madrid, 1583

Monasterio de Santa María del Valle, Zafra



En 1682 donaba este libro al convento una religiosa que no quiso dejar su nombre escrito. La obra, compuesta de cinco tratados, se inicia con el dedicado al martirio del Santo Niño de La Guardia, ocurrido supuestamente en esa villa toledana en 1490.

En junio era detenido un converso, vecino del pueblo, que reconocería bajo tormento que judaizaba lo mismo que otros del cercano Tembleque. Detenidos todos, uno llegó a confesar que el Viernes Santo pasado había visto a los demás crucificar a un niño y, después, extraer su corazón y unirlo a una hostia consagrada para hacer un hechizo que «echándolo en los ríos y fuentes, los [inquisidores y cristianos] que bebiesen perdiesen el seso y la vida». Con ello pretendían vengar el auto de fe celebrado en Toledo a comienzos del año.

Fray Rodrigo Yepes, tras exponer los antecedentes del caso en Francia, nos describe el rapto, juicio, crucifixión y entierro del niño, buscando su correspondencia con la pasión de Cristo. Su lectura pone en evidencia como la tortura llevar a cualquiera puede a inculparse de los delitos más atroces e impíos. El proceso inquisitorial seguido culminó con la ejecución de todos los encausados en un auto de fe celebrado en Ávila en 1491.

La xilografía de la portadilla muestra al Santo Niño con alas en los tobillos, muñecas y espalda, abrazado a la cruz y asiendo un yugo con su mano diestra. Una iconografía nueva, cuyo simbolismo Yepes fundamenta en San Mateo, «yugo es este muy suave/ y leve la Cruz amada/ pues de un niño es ya llevada» y en Platón, «a las ánimas justas les nacen alas, con que vuelan al cielo».


Juan Carlos Rubio Masa