sábado, 1 de noviembre de 2008

PIEZA DEL MES DE NOVIEMBRE

La Gloria

Missale Romanum

Grabado sobre papel

Encuadernación en madera, terciopelo y plata

28,5 x 21 x 7 cm

Baltasar Moreti, Imprenta Plantiniana, Amberes 1687

Encuadernación, Zafra 1690-1691

Monasterio de Santa María del Valle, Zafra

 

De entre todas las festividades dedicadas a los santos, la más solemne es la que se celebra el primero de noviem­bre. El aniversario, que arranca de los primeros siglos del cristianismo, para rememorar la consagración del Panteón de Roma a la Virgen y a todos los mártires, fue instituido como fiesta universal de la Iglesia en el siglo IX.

El Misal Romano o de San Pio V recogen los textos rituales para la celebración de la Eucaristía en las solemnidades litúrgicas anuales: Adviento, Navidad, Pascua y Pentecostés, como unificó y preceptuaba el Concilio Tridentino. El ejemplar, que mostramos, de cuidada tipografía a dos columnas y con tintas roja y negra, fue impreso por Baltasar Moretti; que mantenía en pleno siglo XVII, como heredero de la empresa tipográfica del flamenco Cristóbal Plantino, los derechos exclusivos de edición de textos religiosos otorgados por el Papado a su antecesor.

En la obra, el editor para señalar las fiestas litúrgicas se sirve de grabados a página completa. A veces estas ilustraciones sirvieron de inspiración para ciclos iconográficos de retablos; en ocasiones, como es el caso, fueron obras consagradas las que sirvieron de sostén a los iluminadores. Es evidente que esta estampa está inspirada en el lienzo La Gloria de Carlos V, que pintase Tiziano en torno a 1554 por encargo del Emperador. Y como este conforma una composición ovalada, presidida por la Santísima Trinidad hacia la que avanza la Virgen. Ahora bien, aquí, la familia imperial y los personajes del Antiguo Testamento del lienzo han sido sustituidos por Santos de la Iglesia; quienes, cual corte celestial, contemplan extasiados el inefable misterio trinitario.
Juan Carlos Rubio Masa

sábado, 4 de octubre de 2008

PIEZA DEL MES DE OCTUBRE

Caja relicario

Madera lacada y vidrio

22 x 29 x 34 cm

Arte Namban

Japón, periodo Momoyama

1573-1615

Monasterio de Santa María del Valle, Zafra

 

El convento de Santa Clara guarda sorpresas patrimoniales. Una muestra es esta caja relicario fabricada, en el siglo XVII, con cuatro fragmentos de un biombo japonés, cuyo suntuoso aspecto se consideró adecuado para cobijar los restos de los santos Bartolomé, Vicente, Fabricio, Blas, Rufo, Leonardo y Zenón, mártires de los primeros siglos del cristianismo.

A finales del siglo XVI comenzaron a estimarse los objetos suntuarios procedentes de Oriente. Un gusto ligado a la presencia de occidentales que comerciaron, primero, con China y, tras el descubrimiento de Filipinas, con Japón. Desde entonces, llegaba al puerto novohispano de Acapulco el llamado Galeón de Manila cargado de todo tipo de mercadurías de aquellas tierras; de entre las que los lacados, dada su durabilidad, exotismo y brillo negro y dorado, eran de las más cotizadas, luego, en España.

La laca, aunque es un barniz de origen chino, fue asimilada por la estética japonesa, que llevó su producción a la cima. Consiste en aplicar numerosas capas, sobre las que se puede dar color, dorar o incrustar piezas de nácar o marfil, para terminar con una capa de laca transparente y pulida que aporta su característico aspecto lustroso.

En la pieza, que exponemos, la técnica seguida es el maki−e, es decir, sobre una base de laca negra lleva pintada una ornamentación naturalista estilizada en tonos dorados, grises y rojos. Entre los rameados florales, que llenan los paneles, pueden verse un abanico, aves volando o posadas, y un feng-huang, el ave fénix oriental.

El término Namban, que significa extranjero del sur y se aplicaba en Japón a portugueses y españoles, sirve también para catalogar este tipo de objetos destinados a la exportación que son el resultado de la fusión de dos culturas lejanas.

Juan Carlos Rubio Masa

martes, 9 de septiembre de 2008

PIEZA DEL MES DE SEPTIEMBRE

Santo Cristo del Pozo

Madera dorada y policromada

84 x 70 x 24 cm

Siglo XVII

Capilla del Pozo, Zafra

 

Si la memoria de la vecindad de la Calle Pozo guarda como una leyenda el origen de su venerado Cristo, los libros parroquiales conservan la anotación de su invención y colocación en la humilde capilla que lo acoge.

El 24 de septiembre de 1787, un hombre yendo a sacar agua del pozo, que da nombre a la calle, vio flotando la imagen de un Crucificado. Congregado el vecindario y avisada la clerecía, fue extraída con una escarpia que, aún, cuelga como testigo junto a la imagen. Informado el obispo de Badajoz resolvió que se expusiese a la devoción en la iglesia o en las inmediaciones del pozo. Por lo que, en 1792 y a costa de los vecinos, “se dispuso una decente capillita”, donde “permanece con luz toda la noche”.

Embutida en una de las casas de la calle, la capilla es tan modesta que apenas supera el metro cuadrado en planta. Cubierta con una bóveda de arista, tiene en su frente el altar con el retablo y, a la izquierda, un nicho en el que se colocaba la lámpara que lo iluminaba.

Si el crucificado es una talla policromada de regusto manierista, fechable a comienzos del siglo XVII, y destinada a la devoción doméstica; el retablo seguramente es reaprovechado y obra del último tercio del siglo. Lleva, en el comedio, para alojar la imagen una hornacina cruciforme, que se enmarca con pilastrillas con cartelas y remata en un frontón curvo y volutas laterales con cogollos de frutas. Es obra vinculada a la escuela de Blas de Escobar, quizá se deba a su discípulo Alonso Rodríguez Lucas.

El Cristo recibía ofrendas de aceite o velas y, aunque nunca salió en procesión, se llegaron a celebrar veladas en su honor.

Juan Carlos Rubio Masa